Nelson R. Amaya.
La moda se aplica con rigor en todos los ambientes humanos; nada escapa al afán de vincularse a las tendencias del momento. Bien en el vestir, el comer, y por supuesto en la política. Alguna aguanta varias temporadas, pero los afanes comerciales o publicitarios por el cambio determinan como intrínseco a ella el renovar para estimular el consumo, mantener la atención y hacer de sus objetos unos generadores de imitación y envidia.
Es el caso del consenso. Se ha puesto de moda, como algo que quiere marcar la pauta de una nueva forma de hacer política pública. Nos llega permanentemente al oído esa palabra en la jerga gubernamental, como si para tomar decisiones se requiriera que todos los colombianos estuviéramos de acuerdo con alguna acción, o como si existiera el sesgo de querer complacer a todo el mundo con lo que opte el mandatario por poner en operación.
No aguanta un escrutinio sensato. Puede tener apariencia de novedad, incluso de bondad, pero tiene los vicios que acompañarían al intento de poner en boga, a estas alturas de la vida, los vestidos de baño enterizos y repletos de recato con los que damas y caballeros se bañaban en el mar hace un siglo: alejados de la realidad.
Por definición, el consenso es antidemocrático: supone la suma absoluta de las voluntades de los miembros de una sociedad alrededor de un aspecto que vincule a todos sus miembros. Implica la fila de borregos haciendo demostración de una incapacidad de controvertir para construir propuestas divergentes, sino por el contrario, sometidos a derrotas sin dar verdaderas batallas ideológicas.
Los desacuerdos son propios del funcionamiento de un estado de derecho; es precisamente su existencia en la sociedad que nos llevó a inventarnos la forma de resolverlos sin matarnos. Aun cuando en Colombia eso de no matarnos no aplica mucho, desafortunadamente. Pero debemos seguir haciendo esfuerzos por asegurar los procesos que despejen el enfrentamiento violento en el que hemos vivido por siempre. No es el consenso el que lo elimina, es precisamente el manejo civilizado de las discrepancias lo que puede implantar un país libre de sangre falsamente ideologizada.
Antes que propugnar por generar consensos, como dicen ahora desde el gobierno, debemos listar esos temas sobre los cuales avanzar en el marco de procesos democráticos, para reconstruir la vetusta institucionalidad con la que queremos enfrentar desigualdades, crisis internacionales y sobre todo, estimular lo que tanto hemos elogiado del carácter de los colombianos: la creatividad. No se trata de ponerle colores ni sabores a la economía, como quiso hacerlo el actual Presidente, con evidente fracaso. Se trata de facilitar la sabia armonía del entorno, la fuerza irremplazable de la capacidad individual, con el decidido involucramiento del gobierno, el justo y oportuno accionar de la justicia y la voz superior de un congreso emérito, bien elegido.
Antes que consensos, acuerdos. Antes que unanimidad, aseguramiento de mayorías confiables. Y trámite institucional, por engorroso que parezca, pero la democracia tiene esa cadencia pesada y poco expedita.
La suma de los factores que muestren un país que pase de estar, como hoy, desconfigurado, a uno que se compruebe ecuánime, con credibilidad institucional, con voz autorizada desde todos sus organismos, nacionales y regionales, es la verdadera ruta del éxito nacional. Sin duda, nuestra Colombia nos trae a los oídos los gritos de auxilio que muchos sectores sociales expresan, algunos con mucha razón, como en el caso de las desigualdades, o como cuando de captura ilícita de recursos públicos se trata, para enriquecer a los funcionarios, de izquierda y de derecha, cuya avaricia les rompió todo dique moral y los inundó con billetes y desmanes.
Dejemos de tratar de poner de moda el consenso que no lleva sino a imposiciones; implica silenciar voces discordantes, generar miedo a opinar diferente y, en últimas, acumular presiones sociales que luego estallan como un volcán cuyas erupciones arrasan a su paso los edificios sociales que se acumulan en tiempos de disensos bien tramitados.
Por el contrario, que sea una novedad el andar con pasos transparentes en el gobierno, sin amañar resultados ni propiciar ambiciones ilícitas; que la ética regrese al buen gobernar, legislar, sentenciar.
Oigamos atentos; decidamos con convicción; exijamos credibilidad; apoyemos con decisión. Y esperemos una buena elección popular en el marco del disenso, en franca competencia, para que contemos con buen gobierno y buen congreso. Es mucho pedir? No merecemos menos.
Totalmente de acuerdo… los consensos impuestos,
las mayorías compradas que cada vez costarán más.. pero lo más grotesco, la imposibilidad de poder opinar en contrario. Para eso una frase de A.Merkel: “ si tienes libertad para expresarte, debes esperar que el otro también la tenga aunque sea para expresar lo opuesto…” que la moda sea la libertad de expresión real, llegar a acuerdos a través de los diálogos y las diferencias… que funcione la corteza cerebral, especialmente el pre frontal y no el cerebro subcortical!