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¿Fascista yo?

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Nelson R. Amaya

Desde tiempos inmemoriales, los símbolos forman parte de la relación entre las personas en una sociedad. Algunos de ellos servían para resaltar la jerarquía que acompañaba al individuo que los portaba, como una corona de laureles, o como un cetro, difundidos en muchas latitudes occidentales. Dragones en la China, coronas incas, plumas, pulseras, anillos, cetros en los aztecas y mayas, gargantillas en los muiscas, wararat en las autoridades, los arauras wayúu. El hombre busca que los objetos impliquen un mensaje para aquellos con quienes se topan sus usuarios, bien de amistad, o de guerra o de poder.

Había en la antigua Roma, adaptado de los etruscos, uno particular, el fascio  littorio o haz de lictores, un símbolo de poder que representaba que un hombre tenía  autoridad ejecutiva. Consistía en un manojo de varas de olmo atado con cintas rojas, que enrollaba un hacha. El Emperador contaba con varios lictores, funcionarios  que portaban los fasces, y los exhibía como demostración de su omnipotencia. Su uso perduró hasta nuestros días. Hoy aparece en los Palacios de Justicia mejicano y argentino, incluso en la Oficina Oval de la Casa Blanca, sin el hacha.

Pero fue Mussolini en la era moderna, hace un siglo, quien le dio la connotación actual de absolutismo despiadado y abusivo, fruto de la acumulación excesiva de poder, al incorporarlo en todos las banderas ondeantes cuando ejercía su fuerza política sin mesura ni restricciones.

Ha servido recientemente de expresión descalificatoria por una aspirante a la Presidencia frente a lo que consideró un abuso del micrófono de parte de una conocida periodista. Igual fue utilizado por otro candidato para referirse peyorativamente a un contendor, cuando éste puso de presente su propuesta de darle carácter principal a la seguridad en el marco de las deliberaciones para buscar triunfo en Mayo o Junio de 2022.

Miremos la denuesta de facho en ambos casos, en el periodístico y en político. Hay fascismo en ambos, palpable en la vida colombiana. Pero no necesariamente como fueron usados en las citas anteriores. Cuando en lugar del hacha del haz de poder se coloca un micrófono, y se aprovecha esa circunstancia para poner en la palestra a alguien con quien no se comulga, se produce esa detestable transformación del transmisor en un instrumento para golpear opiniones, en vez de guardar la ponderación del buen periodista de mantener la serenidad y controvertir en el marco del respeto y la tolerancia. No me refiero sólo al caso reciente; eso se extiende a todas las esferas mediáticas, y casi sin excepción, no hay un periódico, cadena radial o televisiva o revista que circula hoy que no registre abusos del poder del micrófono y lo conviertan en un hacha fascista. Expresiones frecuentes como “no me gusta esa postura política de fulano”, como si el solo hecho de que le guste o no le debiera importar a la audiencia; “pronostico que quedará impune”, que incluye una suposición descalificatoria como si fuera un arúspice; “ya sabemos qué va a pasar”, cuando impulsan denigrar de alguien. Fascistas, todos los que adoptan esas posturas.

Y del lado de la política, igual se debe mirar la poca fundamentación argumentativa, cuando si alguien cree importante la seguridad lo convierten en un represor y no un guardián del orden, como debe ser un buen gobernante; hoy vemos que la excesiva tolerancia con el vandalismo, que no con las protestas, nos destruyó no sólo muchos elementos de uso público, sino que también afectó la conciencia colectiva sobre los bienes comunes, cuya readecuación implica un mayor gasto oficial. Si se habla de seguridad, se es facho. Me gustaría que aquellos quienes no confunden el micrófono con el hacha del fascio se dieran a la tarea de escudriñar en los candidatos cómo piensan manejar el tema de seguridad en caso de que llegaren a gobernar. Algunos quieren confundir administración de la seguridad, responsabilidad implícita en el ejercicio del gobierno,   con represión oficial. Quieren darle a entender a la gente que la anarquía y la anomia forman parte del discurso de la modernidad. No comparto tales maneras de construir el mensaje político, ni de evitar hablar de temas indispensables, como si fuera pecado ejercer la autoridad delegada. Eso sí es fascista. Porque terminarán reprimiendo a todo aquel que no piense como ellos. Líbranos señor!, perdón, fachos.

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