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La llave de mi corazón.

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Autor: Nelson R. Amaya.

Navegar en los sentimientos del ser es una de las grandes virtudes del arte.

Bien con la literatura, en prosa o verso, o con la pintura, o con el teatro, en fin, las expresiones de la humanidad buscan darle lustre a las emociones  sobre la base de una inspiración del autor y una gran conexión con la enorme audiencia, ávida de sentir, de entender eso que la motiva sin tantas explicaciones a actuar en la vida, muchas veces en contra de la razón. El ritmo y la armonía, decía Platón, encuentran el camino hacia el interior del alma.

A la gente Caribe, por ejemplo, no sólo nos une el cálido mar sino también la variedad de ritmos que compartimos, que nos mandamos los unos a los otros, como un mensaje de hermandad, aparte de política y de pobreza, separada de fronteras y de futuros, llena de realidades, con tambor, con percusiones que ponen cadente las caderas y entrecierran los párpados para danzar, libres. Si el régimen no ha logrado subyugar a los cubanos es por la música, porque ya estaban encadenados y condenados  a ella por toda la eternidad.

Dice Juan Luis Guerra, andante en saltos desde el amor por Jesús hasta la secuencia  rítmica tradicional hacia la música urbana, que nos quejamos de alguien cuando tiene la llave de nuestro corazón; hasta al siquiatra vamos, en busca de liberarnos.

Pues debo aterrizar con urgencia en el mundo de la política, para contarles que la tal racionalidad política no existe; que la llave en  la política la tiene el que tiene la llave de mi corazón. Lo dice Juan Luis Guerra y para mí es suficiente. Y lo confirma Bono, cuando sostiene que la música puede cambiar al mundo porque puede cambiar a las personas.  En este caso, no sólo el ritmo, sino la contribución de Juan Luis con el contenido de la canción, debiera recordarles a nuestros aspirantes a la presidencia de Colombia que hay que penetrar el corazón de la gente para llegar luego a su razón.

Muchos abogan por que la política se convierta en un arte, que deje de pretender ser una ciencia -algunos estudian eso-, para que se reconozca que sus efectos y sus resultados se miden mejor en el mundo de las emociones que en el de la racionalidad. No estoy diciendo que cuando se gobierne se haga sin racionalidad. Muy por el contrario: propugno por lograr elegir a quien tenga las mejores dotes académicas y éticas para dirigirnos. Pero no puedo olvidar que las expresiones ciudadanas para  definir quien nos llegue a gobernar pasan por los procesos electorales que convierten al ciudadano en un objeto de caza, con publicidad, slogans, propuestas de gobierno, en fin, todo ese mundo divertido a veces, angustiante otras tantas, que nos agobia cada cuatro años y nos hace distraernos pensando que van a sacarnos de todos los embrollos en los que hemos estado por centurias.

Dos de los que quieren gobernar aplican con rigor esta estrategia: Gustavo Petro, quien no se cansa de buscar  los sentimientos de odio y desesperanza de los menos favorecidos, y María Fernanda Cabal, al recoger el rechazo de muchos a los vacíos de carácter del gobierno que ejerce su propio partido, sumado a los huecos de injusticia que acumula el proceso de paz con las farc. Otros se han quedado filosofando sobre hasta dónde llega el centro, cuál es el radio del pequeño mundo de coincidencias que quieren administrar en el poder, con un  ánimo discriminatorio de mesianismo.

Escucho doctos aspirantes desbaratar con rigor técnico las falacias necias de Petro para resolver los problemas evidentes del país, pero sólo consiguen con eso ser eficientes en darle soporte argumentativo a quienes votamos por fuera de los extremos. ¿Convencerán a esa mayoría silenciosa que no se ha resuelto aún a votar y que, sin clara conciencia de ello, espera que tengan la llave de sus corazones?

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